El Gran Filtro: ¿podría ser la inteligencia artificial?

Un radiotelescopio en una loma bajo el cielo estrellado, con las luces de una población en el horizonte. Imagen generada.

Las recientes advertencias sobre los riesgos de la inteligencia artificial han reavivado una pregunta inquietante: ¿podría una tecnología creada por nosotros acabar con la humanidad? Entre titulares alarmantes y respuestas escépticas, merece la pena ampliar la perspectiva. ¿Y si desarrollar un poder que no se sabe controlar fuera uno de los obstáculos que una civilización debe superar para perdurar? Esa pregunta conecta el debate actual con la hipótesis del Gran Filtro.

La galaxia lleva miles de millones de años existiendo. Sabemos que los planetas abundan y que, al menos en uno de ellos, la vida ha producido una especie capaz de construir radiotelescopios y enviar máquinas al espacio. Sin embargo, seguimos sin encontrar pruebas de otra civilización.

Esta es la tensión que plantea la paradoja de Fermi: si ha habido tantos lugares y tanto tiempo para que aparezca alguien más, ¿por qué no lo vemos? La búsqueda de vida extraterrestre todavía tiene muchas preguntas abiertas, pero una de las posibles respuestas mira hacia nuestro propio futuro.

Quizá llegar a desarrollar tecnología sea solo una parte del recorrido. Quizá lo difícil venga después, cuando una civilización adquiere suficiente poder para alterar las condiciones de su propia supervivencia.

Esa posibilidad forma parte de la hipótesis del Gran Filtro. Y el desarrollo de la inteligencia artificial le da una relevancia especial: estamos intentando construir sistemas cada vez más capaces de investigar, decidir y actuar. Si algún día llegaran a superar ampliamente nuestras capacidades, tendríamos que resolver cómo conservar el control sobre decisiones que ya no podríamos evaluar con la misma facilidad.

¿Podría ser la IA ese filtro? Para contestarlo hay que entender primero qué intenta explicar la hipótesis y qué tendría que ocurrir para que una tecnología encajara en ella.

Qué es el Gran Filtro

El Gran Filtro, formulado por Robin Hanson, es la hipótesis de que existen uno o varios obstáculos extraordinariamente difíciles entre la materia sin vida y una civilización capaz de expandirse y dejar una huella duradera en el universo.

Un planeta puede reunir condiciones habitables sin que llegue a aparecer vida. Puede albergar microorganismos sin que surjan organismos complejos. Puede tener una biosfera diversa sin producir una especie tecnológica. Y una especie que desarrolla tecnología puede desaparecer o dejar de expandirse antes de hacerse visible desde otros mundos.

El filtro sería aquello que hace muy poco frecuente completar ese recorrido. Podría concentrarse en una transición o repartirse entre varias. La idea original ya admite esa combinación: no obliga a buscar un único acontecimiento que lo explique todo.

La escala temporal importa. Una civilización mucho más antigua que la nuestra podría haber tenido millones de años para extender su actividad. Incluso una expansión lenta, de estrella en estrella, podría acumular una presencia enorme con el tiempo. Los modelos de expansión galáctica estudian cómo podría suceder y bajo qué condiciones seguirían quedando regiones sin visitar.

Por eso la pregunta va más allá de si alguien nos ha enviado un mensaje. También buscamos rastros de tecnología, lo que los astrónomos llaman tecnofirmas: señales o modificaciones del entorno que pudieran revelar actividad artificial.

Un obstáculo en nuestro pasado o en nuestro futuro

Si el gran obstáculo fuera el origen de la vida, ya lo habríamos superado. Nuestra existencia sería el resultado de algo extraordinariamente raro. También podría haber sido muy difícil alguna transición posterior, como la aparición de células complejas o de inteligencia tecnológica.

En esos casos, el silencio del cielo hablaría sobre todo de nuestro pasado. Quedarían riesgos por delante, pero no tendríamos que explicar la ausencia de otras civilizaciones suponiendo que casi todas se destruyen.

La posibilidad más inquietante aparece si llegar hasta una sociedad como la nuestra resulta relativamente habitual, pero continuar después es muy difícil. El principal obstáculo estaría entonces en el futuro: muchas civilizaciones alcanzarían un gran poder y pocas conseguirían conservarlo sin arruinar sus posibilidades de seguir adelante. Esa es la distinción que desarrolla Nick Bostrom en su ensayo sobre el Gran Filtro.

No sabemos en cuál de esas situaciones estamos. Tampoco sabemos si nuestra expectativa de encontrar vecinos es razonable. Sandberg, Drexler y Ord mostraron que incorporar la enorme incertidumbre sobre la aparición de vida e inteligencia permite explicar nuestra soledad aparente sin recurrir a una destrucción universal.

Y las búsquedas tienen límites. No encontrar señales en los lugares, frecuencias y momentos examinados no equivale a haber inspeccionado todas las posibilidades. Un estudio de las búsquedas de radio de 2018 mostró lo pequeña que era la fracción explorada dentro del espacio de señales que analizaba.

Con esas reservas, sí podemos estudiar una pregunta más concreta: si existe un filtro tecnológico por delante, ¿qué razones hay para considerar a la IA una candidata?

Por qué la IA entra en esta conversación

La relación se ha planteado explícitamente en la literatura científica. En un artículo de 2024 en Acta Astronautica, el astrofísico Michael Garrett propuso que el desarrollo de superinteligencia artificial podría interrumpir la trayectoria de una civilización antes de que estableciera una presencia multiplanetaria duradera.

Por superinteligencia se entiende aquí un sistema que superaría ampliamente las capacidades humanas en muchas tareas intelectuales. La propuesta de Garrett es teórica: no se apoya en civilizaciones observadas ni demuestra que ese desenlace sea inevitable. Su interés está en señalar una posible diferencia de ritmos: desarrollar una inteligencia muy potente podría resultar más rápido que aprender a manejarla y asegurar la continuidad de la civilización que la crea.

A partir de ahí, podemos desarrollar tres razones por las que la IA merece atención en este debate.

Puede acelerar el desarrollo de otras capacidades

Una IA capaz de contribuir a la investigación podría ayudar a diseñar medicamentos, materiales, sistemas energéticos o nuevos programas. Su influencia alcanzaría muchas tecnologías a la vez.

En nuestro artículo sobre la IA y los cuellos de botella de la investigación matemática explorábamos una dificultad relacionada: producir resultados más deprisa no garantiza que podamos verificarlos, comprenderlos e incorporarlos al conocimiento compartido al mismo ritmo.

Si esa capacidad creciera mucho, también podría acelerar descubrimientos de uso peligroso o facilitar que más actores accedieran a ellos. El riesgo dependería de qué conocimientos produjera, quién pudiera utilizarlos y qué barreras siguieran existiendo en el mundo físico. Generar una idea no equivale a disponer de un laboratorio, una fábrica o una infraestructura para ejecutarla.

La posibilidad que importa para el Gran Filtro es que una civilización vea crecer simultáneamente varias formas de poder. Tendría menos tiempo para entender cada una antes de que empezaran a combinarse con las demás.

Puede participar en las decisiones y ejecutarlas

Cuando hablamos de IA en este contexto, no basta con imaginar una aplicación que responde preguntas. Un sistema conectado a herramientas puede recibir un objetivo, elegir acciones, comprobar resultados y volver a intentarlo. Cuanta más autonomía y más acceso tenga, mayor será la importancia de que su comportamiento siga dentro de los límites previstos.

El International AI Safety Report de febrero de 2026 distingue los fallos ordinarios de los escenarios de pérdida de control, en los que recuperar la autoridad sobre un sistema resultaría extremadamente costoso o imposible. El informe señala avances en capacidades relevantes, pero considera que los sistemas evaluados todavía no reúnen el nivel necesario para producir esos escenarios. También recoge un desacuerdo amplio entre expertos sobre su probabilidad futura.

El problema hipotético se entiende sin atribuir consciencia o maldad a una máquina. Un sistema muy capaz podría perseguir un objetivo de una forma incompatible con lo que sus responsables pretendían y disponer de medios para seguir haciéndolo cuando intentasen corregirlo.

En nuestro artículo sobre las capacidades de riesgo de los LLM examinábamos precisamente por qué importan tanto los permisos, la autonomía y las posibilidades reales de intervención.

Los incentivos pueden empujarnos a delegar demasiado pronto

La capacidad técnica por sí sola no determina cómo se utiliza. También importan las decisiones de quienes la desarrollan y despliegan.

Una empresa puede considerar que esperar significa perder el mercado. Un gobierno puede temer que su rival obtenga una ventaja decisiva. Cada participante puede reconocer la conveniencia de evaluar mejor un sistema y, aun así, sentirse obligado a avanzar antes que los demás.

Aquí aparece la fragilidad institucional: la dificultad de acordar límites, verificar que se cumplen y hacerlos valer cuando incumplirlos ofrece una recompensa inmediata.

La hipótesis del mundo vulnerable de Bostrom explora cómo ciertos descubrimientos podrían desestabilizar una civilización al cambiar sus capacidades o sus incentivos. En el caso que estamos considerando, el peligro surgiría de la combinación de una herramienta muy potente con una organización social que no consigue gestionar sus efectos.

El filtro podría estar en la combinación

Esta es la idea central que proponemos: una civilización podría adquirir poder para transformar su planeta, su biología y sus propios sistemas de decisión antes de desarrollar instituciones capaces de gobernar ese poder.

La inteligencia tecnológica no garantiza inteligencia colectiva. Saber construir una herramienta no implica saber ponerse de acuerdo sobre cuándo utilizarla, quién debe responder por sus daños o qué hacer cuando deja de comportarse como esperábamos.

La IA podría intervenir en varias partes de ese problema a la vez. Podría acelerar el desarrollo de capacidades peligrosas, aumentar la velocidad a la que se toman decisiones y volver más difícil reconstruir por qué se tomaron. Si además se incorporase a servicios esenciales, retirar un sistema defectuoso podría exigir interrumpir actividades de las que depende mucha gente.

Pensemos en una crisis entre países que ya desconfían unos de otros. Si delegan más decisiones para reaccionar antes que sus rivales, una señal mal interpretada podría propagarse con rapidez. La desconfianza dificulta comprobarla; la urgencia reduce el tiempo para hacerlo; la automatización amplía sus consecuencias. Son mecanismos que podrían reforzarse mutuamente, aunque ninguno bastara por separado para provocar un desastre irreversible.

Ese escenario es una posibilidad que construimos para razonar, no una predicción. Lo que permite ver es por qué buscar «la tecnología que acabará con todo» puede resultar insuficiente. La vulnerabilidad estaría también en la relación entre las tecnologías y en las defensas que una crisis deja debilitadas para la siguiente.

La misma IA podría mejorar esas defensas: detectar fallos, ayudar a comprobar acuerdos o acelerar soluciones a problemas que hoy no sabemos resolver. Para evaluar su papel habría que comparar ambas trayectorias. Que aumente nuestro poder no decide de antemano qué haremos con él.

Qué tendría que pasar para que fuese un Gran Filtro

Hasta aquí hemos descrito razones para preocuparse por la IA. Explicar con ellas el silencio del universo exige algo más.

Primero, el problema tendría que repetirse en suficientes civilizaciones. Si la IA fuera una rareza de nuestra historia, difícilmente explicaría un fenómeno cósmico. Se puede imaginar que muchas especies tecnológicas intenten automatizar el trabajo intelectual porque ofrece ventajas. Dar ese salto es razonable como hipótesis, pero no sabemos si todas seguirían trayectorias parecidas ni si encontrarían las mismas dificultades de control.

Segundo, las consecuencias tendrían que impedir una recuperación suficiente. Una guerra nuclear o un colapso industrial podrían ser terribles y, aun así, dejar abierta la posibilidad de reconstruir. Si una sociedad reanudara su desarrollo miles de años después, el desastre no habría cerrado su futuro.

Por eso el filtro no tiene que ser un peligro que dure millones de años. Puede ser un acontecimiento breve con efectos irreversibles. Lo que debe explicar es por qué no quedan suficientes oportunidades de recuperarse y continuar la expansión.

Y tercero, hay una objeción especialmente importante para la IA: aunque desaparecieran sus creadores, las máquinas podrían continuar.

Si una inteligencia artificial siguiera obteniendo energía, manteniendo infraestructura y enviando dispositivos a otras estrellas, la civilización biológica habría terminado, pero seguirían existiendo rastros tecnológicos. Un desastre para sus habitantes no equivaldría al silencio que intentamos explicar.

En Cuando una IA pueda pagar su propia factura estudiábamos qué necesitaría un agente para sostener su actividad. Mantener toda una base industrial sin apoyo humano sería un salto mucho mayor: esos sistemas también tendrían que fabricar y reparar las instalaciones de las que dependen.

Esta es la principal dificultad de la hipótesis: no basta con explicar por qué una civilización pierde el control. Hay que explicar por qué después tampoco aparece una actividad tecnológica duradera que podamos detectar.

Una salida menos apocalíptica: dejar de querer expandirse

La desaparición no es la única posibilidad. Algunas civilizaciones podrían estabilizarse y dirigir su atención hacia otros objetivos.

Una sociedad capaz de automatizar buena parte de su actividad podría preferir mejorar la vida dentro de su propio sistema planetario. Si además dispusiera de entornos virtuales muy ricos, quizá encontrara en ellos experiencias suficientes como para perder interés en viajes costosos y largos. La IA podría contribuir a ese cambio de prioridades sin destruir a nadie.

El modelo de Wong y Bartlett plantea que, bajo ciertas dinámicas de crecimiento, una civilización necesitaría innovaciones cada vez más frecuentes para superar sus crisis. Si dejara de mantener ese ritmo, podría colapsar o cambiar sus prioridades hacia la estabilidad. Esa conclusión depende de trasladar modelos de crecimiento urbano a civilizaciones enteras.

Es un salto discutido. En su crítica al modelo, Jackson y Criado-Perez argumentan que el aprendizaje, la diversidad y la adaptación podrían permitir que algunas civilizaciones siguieran creciendo. El modelo no demuestra que las únicas opciones sean dejar de crecer o desaparecer.

Para la posibilidad que exploramos aquí basta una idea más limitada: que algunas sociedades pierdan interés en extenderse a otras estrellas. Esa decisión podría coexistir con avances científicos, económicos y culturales dentro de su propio sistema planetario.

También aquí quedan preguntas. Los mundos virtuales necesitarían energía y ordenadores. Sus habitantes podrían seguir demandando más recursos. Y aunque la mayoría prefiriera quedarse, algunos grupos podrían querer marcharse.

Una preferencia por la vida digital no explica automáticamente una galaxia silenciosa. Pero abre una alternativa a la idea de que toda civilización avanzada tiene que expandirse indefinidamente o fracasar. Para quienes la habitasen, una sociedad estable y poco expansiva podría ser un buen desenlace.

La IA como parte de una etapa peligrosa

La IA podría formar parte de un Gran Filtro futuro. Tenemos razones para estudiar esa posibilidad: puede ampliar otras capacidades tecnológicas, asumir decisiones con consecuencias reales y desarrollarse en un contexto de competencia que dificulte imponer límites. No tenemos evidencia suficiente para afirmar que sea el filtro ni para situarla como la explicación más probable del silencio cósmico.

La versión de la hipótesis que nos parece más útil combina esos factores. El momento peligroso llegaría cuando una civilización puede producir cambios irreversibles a una escala que sus mecanismos de coordinación, supervisión y corrección ya no alcanzan.

En ese contexto, la IA podría acelerar una crisis, agravar vulnerabilidades existentes o crear nuevas dificultades de control. También podría ayudar a atravesar esa etapa. La diferencia dependería de las capacidades que desarrollásemos y de cómo decidiéramos utilizarlas.

Gobernar ese poder tampoco consiste simplemente en concentrarlo. Una autoridad que impone el mismo error a todo el sistema puede eliminar las alternativas que permitirían recuperarse. Harían falta tanto coordinación como capacidad de cuestionar decisiones, limitar sus efectos y conservar opciones para corregirlas.

El Gran Filtro nos obliga a contemplar una posibilidad incómoda: que aprender a transformar el mundo sea más fácil que aprender a seguir viviendo en el mundo que hemos transformado. Si la IA vuelve a ampliar esa distancia, su papel en nuestro futuro dependerá también de nuestra capacidad para reducirla.

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